Todo el mundo podía llegar a pensar que las palabras no dolían, que se las llevaba el viento. Pues bien, aquella mañana de diciembre ella pudo descubrir que no todo era blanco o negro, y que las palabras podían realmente penetrar muy hondo hasta llegar al órgano que tenía mas dèbil, el corazón. Respiró hondo y volvió a pensar en todas aquellas palabras que acababa de escuchar, por dentro quiso creer que no eran verdad, pero sin quererlo retumbaban una y otra vez en su cabeza. Al fin y al cabo eran palabras conocidas, palabras que había ido oyendo a lo largo de su vida y que cada vez, inevitablemente dolían mas. Entonces cerró los ojos, apretó los puños, respiró hondo, se encendió un cigarrillo y pensó en como le gustaria que las palabras se fuesen al igual que se iba desvaneciendo el humo del cigarrillo. Volvió a cerrar los ojos para abrirlos luego mejor y comprender que el humo del cigarrillo no se iba del todo, ya que una parte de él quedaba dentro de sus pulmones, y eso pasaba exactamente con las palabras, pero estas no se quedaban en los pulmones no, estas se quedaban dentro del corazón.
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